El Espíritu
de la Coalición
por Santiago kovadloff
Ella afirma que es la
salida de Egipto. Se refiere al momento en que el pueblo hebreo dejó
atrás cuatrocientos años de esclavitud. Pero no por salir de Egipto se
llega de inmediato adonde se quiere.
Ella
lo sabe y dice que es el inicio de un largo aprendizaje: el de la
convivencia en unión y libertad. Tal como rezaba la vieja moneda que,
hace casi dos siglos, se acuñó en el Río de la Plata. Esa es su alegría.
Y ésa es la nuestra. Elisa Carrió ha sabido encauzar una expectativa: la
de una coalición cívica. Los hombres y mujeres que la integran comparten
una convicción fundamental: no hay alianza posible entre los argentinos
sin una base ética y republicana inflexible. Esa es la premisa decisiva
del largo proceso de saneamiento que requiere el país. Parten, pues, los
integrantes de la coalición, de un acuerdo primordial. Si se lo respeta,
las disidencias no afectarán la preeminencia del diálogo, la
consistencia de los valores que han hecho viable su nacimiento.
No
está escrito en parte alguna que el sueño sabrá mantenerse en pie. Pero
está escrito en todas partes que sin el compromiso de afianzarlo es
imposible que el pasado no devore el porvenir, como ya ha devorado buena
parte de nuestro presente. De eso se trata: de saber si podemos
capitalizar el fracaso; de extraer algún provecho de la desorientación
que hizo de la Argentina un país inscripto en la repetición, no en el
desarrollo. Sin duelo por lo perdido (y "duelo" quiere decir
´aprendizaje ), no hay milagro que cure a una nación enferma. Y somos
aún una nación enferma. Nuestro mal admite muchos nombres. Uno de ellos
es "corrupción". En la concepción perversa del poder, las instituciones
resultan ser una herramienta apta para el despliegue de la intolerancia
y el delito. Un pretexto para el ejercicio del autoritarismo. Un arma
propicia para lograr que allí donde no pueda imperar nuestra palabra,
reine el silencio y, con el silencio, el miedo. Y con el miedo, la
desesperanza.
Sí,
ella tiene razón. La esclavitud no termina de quedar atrás cuando se
sale de Egipto. Sus duras imposiciones no desaparecen con la abolición
de las cadenas. Es indispensable no olvidarlo: la coalición cívica, una
vez constituida, señala el comienzo de una tarea interminable. Harán
falta generaciones para hacer de la nuestra una sociedad libre. Hará
falta un prolongado ejercicio en el desierto. Una marcha de
perfeccionamiento incesante.
Ahora
bien: la Tierra Prometida se empieza a alcanzar en ese ejercicio y no
tras él. Se llega esencialmente adonde se debe cuando se está en camino
hacia donde corresponde ir. Algo fundamental saben entonces las mujeres
y los hombres de la coalición cívica. Y es que cuando se presume haber
terminado la tarea de construcción, muy lejos se está, se lo admita o
no, de haber acabado la obra. Lo que sí se ha hecho, en tal caso, es
abandonarla. Al dejar de construir, se renuncia al perfeccionamiento
para recaer en la idea demoníaca de la perfección alcanzada. Ello
equivale a precipitarse en la intolerancia, en la siembra del mutismo
que exige la arrogancia de la palabra definitiva, de la palabra
hegemónica; de la única que se adjudica trato con la verdad.
Algo
más hay que añadir. La coalición cívica es tarea de convalecientes. Su
gente es gente golpeada. Gente que conoce la penuria de muchas
frustraciones. La hondura del dolor sembrado por la ilegalidad. La
desolación de haber visto caer, una y otra vez, la oportunidad de la
democracia posible en manos de los aprovechadores de siempre. Pero si
hay algo que no afecta a los miembros de la coalición es la
desesperanza. Ellos saben que integran una sociedad en la que, aún en
medio de tantas contradicciones, no está muerto el sentido de la
dignidad. Una sociedad en la que no cesa el empeño en hacerle lugar al
trabajo que redime. A la fe que no proviene de la ilusión sin sustento,
sino de una evidencia pública que alienta el diagnóstico esencial: hay
ciudadanía, hay vocación republicana, hay noción y voluntad de
convivencia límpida, asentada en la ley, en la justicia y la equidad. En
la fuerza revolucionaria del conocimiento y el derecho.
El
Israel buscado palpita allí: en esa esperanza vivida en el desierto
ineludible que hay que atravesar. Es el matiz que, discernido y
sostenido, salva de la homogeneidad abrumadora de lo marchito. Israel ya
es el desierto si se aprende a habitarlo como búsqueda. Israel ya es la
búsqueda si se aprende a habitarla como encuentro. El desierto así
concebido y transitado ya no es la amorfa y extenuante extensión de lo
monótono y previsible. Es la adversidad frecuentada desde un proyecto.
Hondo, paciente, inquebrantable. Un proyecto desplegado mediante por
manos dispuestas a transformar lo inequívoco en el riesgo refrescante de
una vida nueva. Lo sabido en lo insospechado. La voz única y despótica
en un coro de voces solidarias. El mero conglomerado social en
república. La ley en derecho. El derecho en deber. El deber en
oportunidad. La oportunidad en experiencia.
Sí, ha
nacido la coalición cívica. Un lapsus en el paisaje de la atroz
uniformidad de lo viejo, de lo repetido. Una denuncia frontal del
enmascaramiento que pretende camuflar el vacío haciéndolo pasar por
plenitud.
Nada
es seguro. No lo es tampoco el porvenir de la coalición. Pero es un
porvenir posible. Puede llegar a ser tan real como ha sido real su
nacimiento. Un nacimiento que parecía descabellado a quienes siempre
tienen sobre los hechos una sentencia lapidaria. Pero lo excepcional
forma parte de lo que sucede. Los acontecimientos también ocurren. Y
ocurren, entre otras cosas, para desbaratar la presunción de quienes
creen haberlo entendido todo de una buena vez. Los hombres y mujeres de
la coalición cívica son quienes son, justamente, porque no afirman
haberlo entendido todo. Rechazan la tentación omnipotente de creer que
todo cabe en su comprensión. Prefieren compartir la responsabilidad
crítica y autocrítica del saber, a hacerse obedecer. En su caso, las
preguntas están ahí para desarticular la suficiencia de las respuestas
jactanciosas. Las preguntas que realimentan la marcha, que vuelven a
impulsar la construcción del presente desde un ideal de porvenir.
Al
florecer, la coalición cívica ha quebrantado la vigencia compacta del
desencanto. Y desafía la fragmentación que nos disuelve en la
impotencia. Y el encono que nos divide. Y la suspicacia que nos
enfrenta. Al desactivar el escepticismo mediante la lucha contra ese
crónico mal argentino que es el secesionismo, la coalición cívica
renueva el sentido y el protagonismo de la oposición. Permite que se la
reconozca como un repertorio de voluntades concertadas no en torno al
monopolio del poder sino al significado ético de la vida democrática.
No se
trata más que de un comienzo. Pero en la semilla que da sustento a ese
inicio circula la savia de una madurez bien ganada: la de quienes han
sabido crecer meditando nuestras dificultades para llegar a ser,
cabalmente, una república.